
El chico rubio de Seattle sabe que se aproxima al final de la canción. La letra de la composición se estremece en su voz: “¡my girl, my girl!”, mantiene los ojos cerrados mientras la rescata de su memoria: “¡my girl, my girl!”. Cuando las sílabas parecen rasgarse, se detiene. Crea un abismo entre él y su público, un momento de vilo que antecede a su aullido, sus labios se extiende y su cara se contrae en el gesto de un lobo lastimero. Es también el rostro de una persona muy cansada que evita mirar lo que le aterra. Le sigue un momento de silencio y a éste uno de arrojo, que le abre los ojos de golpe. Un segundo después los dos círculos azules están abrumados, como si todos esos años, cada exceso, cada show se filtraran a un mismo tiempo hasta su conciencia. Probablemente, Kurt Cobain sintió que su generación le exigía mucho esa noche del 18 de noviembre de 1993, en la que grababa el último disco de Nirvana, el unplugged para MTV.
Probablemente esto haya sido así o tal vez no, de cualquier forma, después de su muerte el 5 de abril de 1994, su imagen se ha reconstruido con la fe y las esperanzas que pusieron en él sus seguidores. La importancia de estos anhelos marcó la vida de muchos adolescentes de los 90. Pero a la vuelta de una década, ¿qué ha pasado con las ilusiones de ellos? Eso es lo que explora la obra Lo que Kurt Cobain se llevó, de la dramaturga venezolana Karin Valecillos, que se estrenará el 3 de mayo, en el teatro Rajatabla, a las 7:30 de la noche. Las funciones durarán hasta el 6 de mayo, este día empezará a las 6 de la tarde.
Ella tenía 16 años cuando falleció su ídolo, eran los mismos días en los que se visualizaba como una bailarina profesional. “Hace diez años nos preocupaba el futuro, pero en el fondo lo considerábamos controlable, moldeable”, dice Valecillos convertida en escritora trece años después mientras habla sobre sus personajes: “Cada 5 de abril, seis amigos se reúnen para emborracharse y drogarse con el único propósito de confirmar que en esas condiciones una persona no es capaz de halar el gatillo de una escopeta Remington M 11, y, por lo tanto, Cobain no se suicidó sino que fue asesinado. Pero hasta la fecha ninguno lo ha intentado seriamente. Esta tradición también es un juego que confronta sus pasados con sus presentes, porque en la adolescencia uno se sueña de una manera muy particular, pero diez años después es que podrás decir si te sientes satisfecho o no con lo que ves en el espejo”.
Este año hay una novedad: tres de los compañeros faltarán porque en sus agendas figuran recordatorios de trabajo, pero no la muerte de ningún mártir del grunge. Sólo asistirán Cheo, Ricardo y Ariadna, novia de este último. Esta vez la chica no hizo las llamadas acostumbradas. Tras ese olvido se esconde la falta de fe en el culto que fundaron, ¿se habrá adormecido su espíritu o, por el contrario, habrá despertado? Esa es una de las interrogantes que la dramaturga desea que develen los asistentes a las funciones.
“El suicidio de Cobain marca una vuelta a la realidad para esa juventud que se creía con mucho poder, mucho control y que luego se dio cuenta de que no lo tenía, y con ello se terminó la adolescencia. Uno soñó con cambiar el mundo, pero fue éste el que lo cambió a uno”, afirma la dramaturga.
Los 90: la revolución que no fue
El año pasado se tomó tres semanas para escribir la pieza teatral, un récord si se toma en cuenta que sus obras previas le tomaban como mínimo tres meses, entre ellas destacan Isabel sueña con orquídeas, Mátame de risa, simplemente un gato muerto y Mero, mero, mosquetero. La escritura se convirtió en un analgésico para la incertidumbre que vivía por esos días, en los que abandonó el Grupo Actoral 80 con la idea de independizarse junto a unos amigos. La tienda aparte recibió el nombre de Tumbarancho Teatro.
“Si yo hubiera estado del lado de los potenciales patrocinadores era natural que sintiera dudas sobre unos muchachos que apenas hacen su primer montaje independiente, sin obras previas como tarjeta de presentación y con un nombre que no ayuda mucho”, comenta Valecillos. Los últimos meses tuvieron que buscar patrocinio por todos lados, mientras rendían los recursos para alquilar una sala de ensayo. Cuando no hubo dinero tomaron el atajo de ensayar a escondidas en la UCV.
“Por desenfado”, esa es la explicación que ofrece cuando se le pregunta por qué llevar el montaje a cabo. Esa es la misma razón que para ella hace especial los primeros años de la década de los 90, los mismos que busca explorar con su obra: “Se respiraba un clima particular: por un lado, había un descontento acumulado, y, por otro: una sensación de que se podía cambiar el entorno con el desenfado que había entre los jóvenes y adolescentes. Pero luego esa fuerza se adormeció”.
Valecillos también es profesora de Literatura en el primer año de Humanidades del Colegio San Ignacio, una ocupación que le permite hacer un análisis comparado de las esperanzas de dos generaciones: “Hace diez años al menos se creía que uno podía regir el futuro, los chicos de ahora están desesperanzados. Me llama la atención que mis alumnos hayan aplicado en su mayoría para el bachillerato internacional, porque piensan que no tienen oportunidades en el país. Antes uno creía que no hacía falta irse para hacer lo que deseabas. Eso es algo que nos diferencia desde el punto de vista generacional”.
El día del estreno, ella estará especialmente interesada en la reacción de los muchachos entre 16 y 20 años, quienes aún piensan más en el futuro que en el pasado. En el fondo se pregunta si sus esperanzas se adormecerán o se despertarán.